PALOMA ARROYO

No sólo en su última pieza publicada (“El mundo según Prosanto”) o en su último espectáculo estrenado (“Totum Revolutum”), también en sus trabajos anteriores: Paloma Arroyo Caballero (Madrid, 1982) revela una mirada personal, irrenunciable, abierta a muy diversas influencias literarias pero sustentada, ante todo, por un universo compacto que encuentra referencias e imágenes más allá de lo teatral, en las galaxias paralelas del cómic, la televisión o la música pop. Así, de forma deliberada (o no), su ficción tiene puntos de encuentro con el lápiz histérico del primer Matt Groening (“Life in Hell”), el cinismo adolescente de Daniel Clowes (“Ghost World”), la perversa ingenuidad de Robert Crumb (“Mr Natural”) y, por escapar del mundo de la ilustración (tan decisivo, desde mi parecer, en el estilo de Paloma), las catódicas aventuras de un Jack Malloy (“Infelices para siempre”) o las travesuras musicales de un Fernando Márquez “El Zurdo”. Todo este caudal, asimilado sin prejuicios por nuestra autora, cristaliza en pequeñas o grandes historias que destacan, en determinados momentos, por una espontaneidad irreverente: textos frescos y accesibles, orgullosos, en parte, de sus costuras, muy directos y, lo que siempre es de agradecer, sin ninguna trascendencia impostada. De hecho, podríamos decir que, al enfrentarnos con las creaciones de esta joven teatrera, nos situamos en las antípodas del “gafapastismo” mal entendido o en el equivalente más logrado de una dramaturgia “indie” con guiños “afterpop”.

Una adúltera suburbanita que intenta resucitar a su marido valiéndose de sus artes horticultoras, un caníbal prusiano que pretende seducir a un adolescente (tipo emo) para redimir su acné (o su impotencia) fruto de la ingesta de carne liofilizada, un gurú fetichista e impostor que se embarca en una misión diplomática de la mano de un joven idealista, quintaesencia del “buenismo” hippie, por no hablar del proverbial matrimonio de agricultores que vive en el cinturón bíblico transgénico de una América futuraria…. Así son los personajes de Paloma, habitantes de un planeta tóxico que han cometido el pecado o la ingenuidad de creer en el “mejor de los mundos posibles”: el que prometen los comerciales chuscos de la teletienda (siempre de madrugada). Marginados, insomnes y “freaks”, sus peripecias, en cualquier caso, les enfrentan a la pérdida de la inocencia, al despertar de un sueño, vendido de antemano, que ni siquiera ellos mismos decidieron comprar.

Porque, dicho lo anterior, quien todavía no conozca obritas como “Las malas hierbas”, “Encuentro en Berlín” o “Maharutxi” puede llevarse la impresión equivocada de estar ante una autora inofensiva. Nada más lejos de la realidad. El discurso que subyace a todas sus piezas es un discurso de largo alcance, en relación directa con su potente imaginario o, como tengo la sensación, consecuencia directa de ese imaginario que parece sustituir la piel por el vinilo, la lana por el neopreno y la madera por el aglomerado: la eterna pregunta sobre el qué somos y el a dónde vamos pero planteada en la era del IKEA y el polietileno, la de una Coca-Cola que se jacta de llevar más de un siglo “hidratando al mundo”. Las respuestas, aunque nunca expresadas de manera directa, parecen claras para nuestra escritora: somos una sociedad enferma y, como diría Joni Mitchell después de la resaca de Woodstock, tenemos que volver al jardín.

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